|
Los
grandes testimonios son aquellos en que la vida es interceptada por las
convulsiones de la historia
Más
de un siglo de la historia de nuestro país estuvo marcado por las difíciles
relaciones entre la Iglesia Católica y el Estado. De este episodio los años
más álgidos fueron, sin duda, los de 1926-1929. La guerra cristera, como
todo conflicto bélico, tuvo un periodo de gestación y otro de conclusión
que rebasa con mucho los años del levantamiento armado.

Este conflicto, que involucró a las dos instituciones más importantes,
la Iglesia Católica y el Estado, tuvo su origen durante la segunda mitad
del siglo XIX, cuando el gobierno del presidente Juárez promulgó las
Leyes de Reforma para institucionalizar la separación de poderes y
fortalecer al Estado Mexicano.
El
proceso legislativo de la reforma liberal tenía como metas:
I
)
La desamortización de la propiedad corporativa, especialmente la
eclesiástica, con el fin
de poner en circulación
recursos que no eran debidamente explotados.
II
) Nacionalizar los bienes eclesiásticos para desarticular el poderío
económico y político del clero.
III
)
Separar al Estado de la Iglesia.
IV
)
Ejercer el dominio estatal sobre la población mediante el registro
de la población, y
V
)
Suprimir los fueros eclesiásticos y militares.
La primera respuesta de las corporaciones religiosas fue manifestarse en
contra de estas medidas sobre todo las relativas a la venta de sus
propiedades y la amortización de sus capitales, por considerar que
afectaban el patrimonio de la Iglesia, pero hubo otro aspecto alrededor
del cual movilizaron a los fieles católicos: el establecimiento de la
libertad de cultos, estipulando en el artículo 15 de la constitución del
5 de febrero de 1857.
La
inconformidad del clero mexicano fue avalada por las declaraciones del
papa Pío IX en contra de la legislación reformista y el proyecto de
constitución mexicana, lo que propició que algunos obispos decretaran
ilícito “que los católicos juraran obediencia a la constitución,
indicando que quienes lo hicieran no podían recibir los sacramentos si
antes no se retractaban públicamente.”
Aunque la batalla parecía perdida para la Iglesia Católica, durante el régimen
porfirista se establecieron relaciones cordiales y la aplicación de la
ley se mantuvo en suspenso. Fue
en este contexto, durante las primeras décadas, del siglo XX, cuando la
Iglesia católica promueve la organización de la sociedad civil como
parte de su apostolado, aprovechando su infraestructura y siguiendo los
principios de la Encíclica Rerum Novarum.
A través de estas organizaciones parroquiales y gremiales se
formaron destacados cuadros dirigentes quienes, llegando el momento en
1926, condujeron el levantamiento armado del pueblo.

Para
la generación que vivió esta época de cambios profundos era imposible
permanecer ajeno al conflicto. Participar
en la guerra cristera significó ser partícipe de los grandes
acontecimientos que han marcado nuestra historia nacional; fueron
arrastrados por las aguas caudalosas del río revuelto en que estaba
convertida nuestra nación. Fue
para los jóvenes de ese tiempo porque así se manejo en el discurso del
Episcopado Mexicano un acto de conciencia. La defensa de la fe y de la
libertad de culto, que desde su perspectiva se veía amenazada por el
gobierno de Calles, era considerada una misión a la cual se estaba
predestinando. Por eso tomaron las armas y por eso, en algunas regiones,
sobre todo las más conservadoras, se estuvo de acuerdo con los arreglos
entre las cúpulas a pesar de no haber entendido en qué consistían.

La guerra cristera fue una lucha desigual y fratricida que alcanzó a
cubrir tres cuartas partes del territorio nacional con cincuenta mil
creyentes levantados en armas, además del apoyo logístico que se les
brindaba en ciudades y pueblos. La resolución formal del conflicto se
dio, como ya es conocido, con los arreglos entre el gobierno de Emilio
Portes Gil y, por parte del Episcopado Mexicano, el obispo Pascual Díaz y
el arzobispo Ruiz y Flores en junio de 1929, a espaldas de los
insurrectos; esto significó, para muchos combatientes cristeros
convencidos, una traición. La mayoría entregó las armas obedeciendo las
órdenes de la jerarquía católica y otros, los menos, continuaron en la
lucha.

Quienes
permanecieron, aún sin el respaldo institucional, estaban todavía
convencidos de sus posibilidades de triunfo; nuevos grupos se les unieron,
más que por abanderar la causa, por vengar agravios o por obtener
beneficios personales. A esta nueva etapa de la lucha se le conoce comúnmente
como la Segunda Cristiada y se desarrolló durante los años 1932-1938.
Aunque durante las décadas siguientes la lucha armada había dejado de
ser una opción, las diferencias entre ambas instituciones no se habían
resuelto y las asperezas en su relación continuaron latentes.
Ambas, Iglesia y Estado, mantuvieron un profundo silencio con
respecto al conflicto y, por supuesto, tampoco contemplaron hacer un
balance sensato de su actuación en el periodo.
Tal vez con ello se pretendía borrar de la memoria colectiva este
episodio vergonzoso y así exculparse de su responsabilidad frente a la
historia.

Para
la Iglesia, si bien los cultos habían sido nuevamente abiertos a raíz de
los acuerdos de 1929 en tanto que el estado se desentendía de aplicar la
legislación que había causado tanto conflicto existía un nuevo problema
al cual volcó sus energías, denunciando lo que consideraba un atentado a
los preceptos y la moral católicos: la educación socialista. En los
boletines parroquiales de las décadas de los años treinta y cuarenta hay
críticas exacerbadas con respecto a la educación que imparte el Estado a
través de las escuelas oficiales, a la cual consideran ateizante y de
ideas comunistas.
Algunos
de los curas de las parroquias de los pueblos
amenazaban con excomulgar a quienes mandaran a sus hijos a estudiar en las
escuelas de gobierno, en tanto que a los padres de familias católicas se
les amenazaba con la prisión si enviaban a sus hijos a las escuelas
parroquiales. Como puede observarse, el conflicto seguía latente a través
de otras instancias.
Fue
hasta 1988 con el acercamiento salinista con el Vaticano, cuando las
relaciones diplomáticas entre ambos Estados toman un nuevo giro que
pretende subsanar sus diferencias. La
reforma al artículo 130 constitucional, que otorga personalidad jurídica
a la Iglesia (reforma que fue pensada en relación con la Iglesia Católica
y que necesariamente hubo de ampliarse a las demás denominaciones) marcó
el inicio de una nueva etapa. A muchos sorprendió la presencia de altos
prelados católicos en la toma de posesión de Carlos Salinas de Gortari
como presidente de los Estados Unidos Mexicanos en 1988, pero esta
invitación era el anuncio de los cambios que el nuevo régimen intentaba
y que culminó con la reforma citada en 1992. En este nuevo contexto la
jerarquía de la Iglesia Católica inicia
el proceso de canonización de los mártires de la guerra cristera,
que culminó en el Gran Jubileo de mayo del 2000.
Estos procesos de canonización pueden interpretarse como una respuesta de
la jerarquía a un problema no resuelto; problema que sigue estando
presente en la conciencia histórica con muchas implicaciones que causan
confusión, crisis de conciencia, dificultades en la integración de la
identidad cultural, falta de credibilidad en la institución y la búsqueda
cada vez mayor de nuevas opciones religiosas.
Podemos preguntarnos hasta qué punto el actual crecimiento y
desarrollo de ofertas religiosas no católicas en el centro occidente
de México es producto del desaliento provocado por la decisión de
la jerarquía católica, primero de involucrar a sus fieles en una guerra
por la defensa de la institución expresada en el contexto como defensa de
la fe y posteriormente de aceptar los arreglos sin consultar a los grupos
levantados en armas.
¿Cómo influyó esta decisión en el juicio de los fieles católicos?
Para responder a esta pregunta consideré indispensable recuperar de viva
voz los testimonios de esa generación que estaba extinguiéndose; había
que conservar las narraciones de sus experiencias perpetuándolas a través
de la escritura, porque era éste el medio al cual yo tenía acceso y
posibilitaría compartir estas vivencias con un público lector muy
amplio. Pensaba como Halbwachs, que “ cuando la memoria de una serie de
acontecimientos o que haya recibido un relato vivo de los mismos de parte
de los principales actores y espectadores cuando esta memoria es dispersa
en los espíritus de algunos individuos perdidos en nuevas sociedades a
las que estos hechos ya no interesan porque les resultan decididamente
exteriores, entonces el único medio de salvar tales recuerdos es fijarlos
por escrito en un relato continuado,
ya que, mientras las palabras y los pensamientos mueren, los escritos
permanecen.”
Testigos
y protagonistas, excombatientes del ejército federal o del ejército de
Cristo Rey, reflexionaron con el paso
de los años sobre el papel que jugaron y el significado de su
lucha; asimilaron sus experiencias en su particular visión del mundo, la
cual, al transmitirse, se incorporó como parte constitutiva de nuestra
conciencia histórica.
Testimonios
sobre la Revolución Cristera
Hacia
una Hermenéutica de la conciencia histórica
Lourdes
Celina Vázquez Parada Mayo 2001
|